El envejecimiento progresivo de nuestra población está haciendo que cada vez atendamos a más personas con Alzheimer y otras enfermedades neurológicas crónicas en nuestras unidades de rehabilitación. Este escenario nos obliga a replantear el modelo tradicional de las unidades de neurorrehabilitación inicialmente orientadas al daño cerebral adquirido, incorporando estrategias dirigidas también al mantenimiento de la función y la participación en personas con enfermedades crónicas y degenerativas. No se trata de sustituir los tratamientos específicos, sino de complementarlos con intervenciones rehabilitadoras individualizadas que permitan mantener durante el mayor tiempo posible las capacidades y la autonomía de la persona.

En estes contexto cobra especial relevancia el concepto de salud cerebral, entendido como un objetivo que debe trabajarse a lo largo de toda la vida. La evidencia actual respalda la importancia de mantener actividad física regular, alimentación saludable, adecuada calidad del sueño, actividad y estimulación cognitiva, participación social y control de factores vasculares y metabólicos. Las recomendaciones actuales de la OMS señalan que una proporción importante del riesgo de demencia está relacionada con factores modificables y recomiendan intervenir sobre éstos. Para quienes trabajamos en neurorrehabilitación, esto supone una oportunidad para trasladar el concepto de salud cerebral a programas estructurados de mantenimiento y promoción de la autonomía.

En la enfermedad de Alzheimer, además, limitar la intervención a la estimulación cognitiva resulta insuficiente. Las intervenciones no farmacológicas pueden combinar estimulación cognitiva con ejercicio físico terapéutico, terapia ocupacional, entrenamiento funcional, actividades significativas, educación al paciente y cuidadores y estrategias destinadas a favorecer la autonomía. Revisiones sistemáticas y metaanálisis han encontrado beneficios de programas multimodales sobre aspectos cognitivos y funcionales en personas con deterioro cognitivo o demencia. Preservar la función no significa únicamente obtener mejores resultados en una escala cognitiva: significa poder seguir caminando, vestirse, participar en actividades y relacionarse con otras personas.

Por ello, podemos plantearnos progresivamente programas de neurorrehabilitación de mantenimiento, adaptados a cada fase de la enfermedad, en los que el paciente sea evaluado de manera integral y pueda recibir una combinación de intervención cognitiva, ejercicio terapéutico, educación en salud cerebral, asesoramiento nutricional, intervención sobre sueño y conducta, entrenamiento en actividades de la vida diaria y educación y apoyo a familiares y cuidadores. La evidencia también señala la utilidad de intervenciones de terapia ocupacional y estrategias dirigidas al entorno para mantener la funcionalidad de las personas con demencia. El objetivo no debería ser únicamente prolongar capacidades aisladas, sino mantener a la persona activa, segura, incluida y vinculada a su entorno el mayor tiempo posible, anticipándonos además a complicaciones que puedan incrementar la dependencia y la sobrecarga familiar.

Como profesionales de la neurorrehabilitación, tenemos el reto de adaptar nuestras unidades a esta nueva realidad epidemiológica y asistencial. Alzheimer y otras demencias no deberían quedar al margen de la rehabilitación por tratarse de enfermedades progresivas: precisamente su evolución hace necesario un seguimiento especializado e interdisciplinario que permita mantener función, prevenir discapacidad evitable y acompañar al paciente y su familia.

Referencias:

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  2. Alzheimer Europe. Prevalence of dementia in Europe 2025 [Internet]. Brussels: Alzheimer Europe; 2026.
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Alan Juárez-Belaúnde

Miembro SENR